ADICCION Y FAMILIA
Desarrollo de una máscara protectora. Para defenderse y sobrevivir, los miembros de la familia se ponen personalidades como si fueran disfraces; así se protegen del dolor adicional.Con el tiempo, los disfraces se vuelven como la piel, como carne verdadera. Los miembros de la familia caen en el error de creer que las máscaras son su verdadera identidad. Cambian su conducta y no pueden detenerse, ni volver a ser los seres auténticos que eran antes de que la enfermedad mandara en la familia.La persona más dominante de la familia, que suele ser el adicto, trata de utilizar su fuerza para explotar y manipular a los otros a fin de que accedan a sus deseos.
La razón se desmorona: A medida que la adicción progresa, las familias y las parejas, tienen dificultad para recordar por qué están juntas. En la familia adicta no hay respuestas, sólo frustración.Cuando las familias o las parejas adictas pierden su razón de existir, trabajan para seguir juntos en lugar de hacerlo para vivir juntos. Los miembros de la familia buscan afanosamente buenas razones para no pasar tiempo juntos y llevan una vida de aislamiento, como una forma de amortiguar sus pérdidas.
La descomposición del amor: La familia adicta ya no puede seguir sus principios, sus valores. El amor se empieza a desmoronar. El amor se construye y está hecho de principios que le dan cohesión
Cuando la comunicación se deteriora: Debido a que la comunicación honesta puede confrontar la adicción, siempre se sacrifica en la familia adictiva.Los miembros de la familia nunca se escuchan entre sí; únicamente reaccionan. Con esta actitud reactiva, sólo se escuchan el tono y las primeras palabras de una conversación.
Aumenta el aislamiento: Cada miembro de la familia se queda sólo en su interior; inevitablemente se siente deshonrado porque no es escuchado.
La ira como protección: El uso de malas palabras, de vulgaridades y gritos, es una expresión de ira. También sirve como defensa o como máscara, una forma de aparentar rudeza y dominación. Estas defensas permiten que uno se sienta poderoso rápidamente; esto no es poder verdadero. En realidad, las malas palabras desmerecen al que las usa y son una forma de violencia psíquica, un mazo verbal. A medida que la familia empieza a desintegrarse, también se desintegra la comunicación. El uso de malas palabras es un signo de desmoronamiento del propio ser.
La supervivencia sustituye a la intimidad: La supervivencia es una prioridad. Los padres y los hijos dejan de sospechar que la adicción es el problema: ahora lo saben con certeza. Ésta es la realidad cotidiana. La vida diaria se convierte en una carga. Para los hijos, el hogar es un lugar que hay que evitar; y ahora la escuela es el sitio para relajarse, donde dejan salir las frustraciones del hogar. Es del hogar del que hay que escapar, no a donde regresar.La familia se polariza: Como mencionamos antes, es frecuente que la familia adictiva se divida en bandos. De esta manera, un miembro de la familia puede mantener lazos con al menos uno o dos de los otros miembros. El adicto y los que lo apoyan, en un bando; los codependientes en el otro. A menudo, un grupo de codependientes cree que se necesita control y que deben fijarse y respetarse algunos límites. El grupo que apoya al adicto, piensa que todo el mundo debe aflojar y relajarse.
Distanciamiento: Tener una vida separada, desconocida para el resto de la familia, trae consigo una especie de esperanza, un lugar de autoestima, una oportunidad de intimidad. Con este tipo de distanciamiento pueden encontrar algún alivio, pero con frecuencia éste es acompañado por un sentimiento de culpa por haber abandonado a la familia.
Los rituales familiares desaparecen: Debido a que los rituales crean intimidad y vinculación, en las familias adictivas, aquéllos se interrumpen y contaminan. Después de un tiempo, la familia entera abandona los rituales.
Felicidad: Las familias de adictos definen la felicidad como una ausencia de crisis, es decir, por aquello que no ocurre.Los miembros de las familias de adictos desean la felicidad, tanto como cualquier otro; pero sencillamente no creen que exista. Temen interesarse en ella. Para la familia adictiva, la felicidad es un riesgo.
El papel de víctima: Los miembros de la familia se convierten en víctimas, temerosos de relajarse y bajar la guardia. Siempre en guardia, cada uno es un centinela en servicio dentro de una zona de combate.Si bien el disfraz de víctima parece ofrecer una buena defensa, ésta es muy destructiva. Le roba al individuo su poder de elección y, al hacerlo, lo atrapa dentro de una herida creada por algún otro.
Las crisis se hacen más frecuentes: En este tipo de familias, las crisis ocurren con gran frecuencia y rara vez producen soluciones o crecimiento. Incluso pueden ser creadas para dejar salir la tensión y las emociones reprimidas.
Se establecen nuevas reglas: Las reglas son intentos de control. Formular nuevas reglas es un mecanismo de solución que se usa para disminuir la tensión en la familia. El adicto generalmente acepta las nuevas reglas, para quitarse de encima a los demás. Descansan cuando el adicto firma el acuerdo, aunque lo haga con tinta invisible.
Vergüenza y culpa: La vergüenza surge en parte, porque todo mundo sabe que a cierto nivel la familia no está prosperando, y que, de alguna manera, cada quien está contribuyendo a la situación. Es difícil vivir con la vergüenza. Nos hace sentir que no valemos nada y produce odio hacia nosotros mismos. Pero en lugar de resolver directamente su propia vergüenza, culpan al prójimo.Los sentimientos de dolor y tristeza se ocultan con ira y negación.
La descomposición del amor: La familia adicta ya no puede seguir sus principios, sus valores. El amor se empieza a desmoronar. El amor se construye y está hecho de principios que le dan cohesión
Cuando la comunicación se deteriora: Debido a que la comunicación honesta puede confrontar la adicción, siempre se sacrifica en la familia adictiva.Los miembros de la familia nunca se escuchan entre sí; únicamente reaccionan. Con esta actitud reactiva, sólo se escuchan el tono y las primeras palabras de una conversación.
Aumenta el aislamiento: Cada miembro de la familia se queda sólo en su interior; inevitablemente se siente deshonrado porque no es escuchado.
La ira como protección: El uso de malas palabras, de vulgaridades y gritos, es una expresión de ira. También sirve como defensa o como máscara, una forma de aparentar rudeza y dominación. Estas defensas permiten que uno se sienta poderoso rápidamente; esto no es poder verdadero. En realidad, las malas palabras desmerecen al que las usa y son una forma de violencia psíquica, un mazo verbal. A medida que la familia empieza a desintegrarse, también se desintegra la comunicación. El uso de malas palabras es un signo de desmoronamiento del propio ser.
La supervivencia sustituye a la intimidad: La supervivencia es una prioridad. Los padres y los hijos dejan de sospechar que la adicción es el problema: ahora lo saben con certeza. Ésta es la realidad cotidiana. La vida diaria se convierte en una carga. Para los hijos, el hogar es un lugar que hay que evitar; y ahora la escuela es el sitio para relajarse, donde dejan salir las frustraciones del hogar. Es del hogar del que hay que escapar, no a donde regresar.La familia se polariza: Como mencionamos antes, es frecuente que la familia adictiva se divida en bandos. De esta manera, un miembro de la familia puede mantener lazos con al menos uno o dos de los otros miembros. El adicto y los que lo apoyan, en un bando; los codependientes en el otro. A menudo, un grupo de codependientes cree que se necesita control y que deben fijarse y respetarse algunos límites. El grupo que apoya al adicto, piensa que todo el mundo debe aflojar y relajarse.
Distanciamiento: Tener una vida separada, desconocida para el resto de la familia, trae consigo una especie de esperanza, un lugar de autoestima, una oportunidad de intimidad. Con este tipo de distanciamiento pueden encontrar algún alivio, pero con frecuencia éste es acompañado por un sentimiento de culpa por haber abandonado a la familia.
Los rituales familiares desaparecen: Debido a que los rituales crean intimidad y vinculación, en las familias adictivas, aquéllos se interrumpen y contaminan. Después de un tiempo, la familia entera abandona los rituales.
Felicidad: Las familias de adictos definen la felicidad como una ausencia de crisis, es decir, por aquello que no ocurre.Los miembros de las familias de adictos desean la felicidad, tanto como cualquier otro; pero sencillamente no creen que exista. Temen interesarse en ella. Para la familia adictiva, la felicidad es un riesgo.
El papel de víctima: Los miembros de la familia se convierten en víctimas, temerosos de relajarse y bajar la guardia. Siempre en guardia, cada uno es un centinela en servicio dentro de una zona de combate.Si bien el disfraz de víctima parece ofrecer una buena defensa, ésta es muy destructiva. Le roba al individuo su poder de elección y, al hacerlo, lo atrapa dentro de una herida creada por algún otro.
Las crisis se hacen más frecuentes: En este tipo de familias, las crisis ocurren con gran frecuencia y rara vez producen soluciones o crecimiento. Incluso pueden ser creadas para dejar salir la tensión y las emociones reprimidas.
Se establecen nuevas reglas: Las reglas son intentos de control. Formular nuevas reglas es un mecanismo de solución que se usa para disminuir la tensión en la familia. El adicto generalmente acepta las nuevas reglas, para quitarse de encima a los demás. Descansan cuando el adicto firma el acuerdo, aunque lo haga con tinta invisible.
Vergüenza y culpa: La vergüenza surge en parte, porque todo mundo sabe que a cierto nivel la familia no está prosperando, y que, de alguna manera, cada quien está contribuyendo a la situación. Es difícil vivir con la vergüenza. Nos hace sentir que no valemos nada y produce odio hacia nosotros mismos. Pero en lugar de resolver directamente su propia vergüenza, culpan al prójimo.Los sentimientos de dolor y tristeza se ocultan con ira y negación.